• 12 febrero, 2026

EL ALTAR DE LA BRAVURA: UN MANIFIESTO LÍRICO SOBRE LA TAUROMAQUIA Y LA IDENTIDAD COLOMBIANA

EL ALTAR DE LA BRAVURA: UN MANIFIESTO LÍRICO SOBRE LA TAUROMAQUIA Y LA IDENTIDAD COLOMBIANA

Por: Nestor Giraldo Mejia.

COLOMBIANA

Por: Khalid Velasco H. – Avanti Abogados s.a.s

Hay verdades que no se explican con la frialdad de los datos, sino con el latido acelerado que precede al clarín. Para quien entiende la tauromaquia no como un evento, sino como una filosofía de vida, el ruedo es el último santuario de la autenticidad. En un siglo que parece haberle declarado la guerra a la profundidad, la fiesta brava se erige en Colombia como un baluarte de resistencia cultural, un ejercicio de alta estética y un derecho inalienable a la diferencia.

LA ORFEBRERÍA DEL INSTANTE: EL TOREO COMO POESÍA VISUAL

El toreo es, ante todo, una geometría del alma. No existe otra disciplina donde la plástica y el peligro se fundan con tal delicadeza. El torero, envuelto en seda y oro, no busca la dominación, sino la armonía. Es un orfebre que trabaja sobre el aire, moldeando la embestida del toro; ese rayo oscuro de fuerza telúrica… hasta convertirlo en un trazo curvo, lento y majestuoso. Hay una elegancia intrínseca en el ritual; desde el paseíllo, que es una marcha triunfal hacia lo incierto, hasta el silencio sepulcral que envuelve la plaza cuando el hombre cita de largo. Es en ese instante, cuando la muleta se ofrece como un engaño sincero, donde surge lo sublime. Como bien decía García Lorca, es el único espectáculo que se atreve a mirar a la muerte a los ojos para crear belleza. Esa belleza no es gratuita; nos hace mejores personas porque nos educa en la contemplación del valor, en el respeto por el adversario y en la búsqueda de la perfección bajo presión.

La tauromaquia es, en esencia, un acto de amor supremo hacia el toro. Para el aficionado, el toro no es un objeto, es un tótem. Es el guardián de los campos de Colombia, desde las sabanas de Bolívar hasta las verdes montañas de la Sabana de Bogotá y el Eje Cafetero. El toro bravo vive en una libertad que es un privilegio ecológico: cuatro o cinco años de majestad absoluta en ecosistemas preservados gracias a su existencia. Amamos su casta, su fijeza y su nobleza. Lo amamos tanto que le otorgamos el derecho a morir con grandeza, luchando, mostrando al mundo su naturaleza indómita. En la plaza, el toro no es una víctima; es un protagonista heroico. Su sacrificio es una lección de ecología romántica: el hombre cuida de su linaje y protege sus tierras para que, al final, el animal le regale a la humanidad un momento de trascendencia que ninguna otra especie puede ofrecer.

Desde la altura del pensamiento jurídico, la tauromaquia en Colombia es una  prueba de fuego para nuestra democracia. Nuestra Constitución Política, un canto a la pluralidad, protege el derecho de cada ciudadano a vivir su cultura sin el yugo de la censura moral ajena. La libertad no es la imposición de una visión única del mundo; es la capacidad de coexistir con lo que no comprendemos. La tauromaquia es un hilo invisible que une nuestra historia. Es la alegría de las ferias que sostienen economías enteras, es el sustento de familias humildes que ven en el toro su modo de vida, y es el patrimonio inmaterial de ciudades que, como Manizales, Cali o la histórica Bogotá, han crecido al ritmo del pasodoble. Prohibir este arte sería un acto de orfandad cultural, una herida profunda a la libertad de conciencia de quienes encontramos en la arena un sentido de pertenencia y de orgullo nacional.

¿Por qué nos hace mejores? Porque el toreo enseña la ética del respeto. En la plaza aprendemos que nada se consigue sin esfuerzo, que el miedo es un compañero que se debe domar con técnica y que la vida es un regalo efímero. El aficionado desarrolla una sensibilidad especial: una capacidad para ver la luz donde otros solo ven sombras, y para apreciar la dignidad incluso en la tragedia. Es un amor que nos vincula con lo sagrado. Es la espera de la tarde, el aroma a puro y albero, la luz del sol que se desmaya sobre los tendidos y la certeza de que estamos asistiendo a un rito milenario que nos conecta con nuestros ancestros. Es una pasión que da  sentido a los días, que nos enseña a ser elegantes en la victoria y dignos en la derrota.

La tauromaquia en Colombia no es un eco del pasado, es un grito de libertad presente. Es el derecho a sentir, a vibrar con una verónica que parece detener el reloj y a conmoverse con la entrega de un animal que es pura bravura. Amar los toros es abrazar la vida en toda su complejidad, con sus luces y sus sombras, con su sangre y su seda. Es, en última instancia, la convicción de que mientras exista un ruedo, habrá un espacio para la verdad, para el arte sin filtros y para esa inmensa y robusta pasión que nos define, nos eleva y nos hace sentir plenamente humanos.

Que no me quiten nunca este destino, de ver al arte hablar sobre la arena, pues no hay más noble y alto camino que amar la gloria a pesar de la pena…

Leave your Comments